Sociedad

Publicado por Mayra Montero
2 de agosto de 2009
Antes que llegue el lunes
El Nuevo Día

La efectividad de las urbanizaciones cerradas vuelve a estar sobre el tapete. No sólo por los episodios de robo y violación que han salido a la luz en los últimos días, sino por otras muchas circunstancias, y porque en realidad es imposible escabullirse de la sociedad donde uno vive. La mitad de esos delitos, cometidos en urbanizaciones de lujo y menos lujo, pero con llamado control de acceso, no llegan a conocerse nunca, ni salen jamás en los periódicos. Se arreglan en la intimidad de las propias comunidades, si es que llegan a arreglarse. En definitiva, casi nadie quiere que se divulgue que el lugar en donde vive, y que goza de unos supuestos controles de entrada y salida, es tan vulnerable o más que las comunidades abiertas. Nadie quiere que su propiedad deprecie, o que la casa que se vende al lado, por razón del escándalo, la den por menos.

La vulnerabilidad llega no sólo por culpa de esos elementos extraños que se cuelan por cualquier rincón: a través de un monte, por un hueco convenientemente abierto en una verja, o escondidos en la parte trasera de un vehículo de servicio. Ha habido delitos, dentro de urbanizaciones cerradas, atribuidos a los hijos descarriados de algún vecino. Los hijos, y los amigos de esos hijos, que tienen también la entrada garantizada.

A través del boca a boca nos llegan las noticias de casas desvalijadas, forzadas en mitad de la noche o a plena luz del día. Los guardias aseguran no haber visto nada, ni haber dejado pasar a nadie sospechoso. Lo curioso es que generalmente dicen la verdad: los asaltantes se escurren al menor descuido, y, una vez dentro, pueden esperar hasta la madrugada sintiéndose a sus anchas. No pasa ninguna patrulla buscando tipos sospechosos; no hay una viejita insomne vigilando detrás de una ventana, y casi nadie se sobresalta ante un portazo intempestivo.
La mayor parte de los ciudadanos que viven dentro de las urbanizaciones cerradas se relajan, duermen a pierna suelta y no les pasa por la mente que un cristal se rompe apenas sin crujir. No se sienten en la necesidad de pasar el seguro en la puerta de su habitación, ni se inquietan por los ladridos de los perros, pues para eso pagan, para que la guardia privada se asegure de que no haya intrusos.

El problema es que todo eso lo saben los atracadores.
En urbanizaciones que no están cerradas, en plena ciudad, la gente se cuida lo mejor que puede, con alarmas, con púas o con la simple intuición. Pero el control de acceso da una falsa sensación de seguridad. Y digo falsa, porque es verdad que se evitan muchas visitas inoportunas, de pillos o de simples itinerantes, pero es innegable que siguen a merced de los ladrones. Una urbanización suele ser muy grande, con patios y senderos solitarios. El que decida entrar, lo hará tarde o temprano.

Y, como si fuera poco, hay pequeños delitos, molestas infracciones que suelen cometerse impunemente en las urbanizaciones cerradas. Sé de personas que se lamentan de que las calles del barrio burbuja donde viven a menudo se utilizan como pistas para carreras de motoras, four tracks y hasta carritos de golf. Vehículos conducidos por niños y por adolescentes.

En ese ambiente “familiar”, ¿quién le dice al vecino que le prohíba al hijo corretear de un lado para otro? Bronca garantizada. Y como no se trata de una vía pública normal, con las restricciones que aplican, pues hay que resignarse.

Es posible que haya urbanizaciones con control de acceso que sean balsas de aceite, pacíficos remansos donde no ocurre nada. Pienso que casi todas deben tener su historia. Algunos dirán que peor les iría si ni siquiera tuvieran en la entrada esa garita con el guardia somnoliento que pregunta santo y seña, y el otro guardia que es el que da las rondas. Quizá tengan razón, pero hay una lección con todo lo que está pasando: la calle nos alcanza, no importa donde nos metamos.

Los problemas de ingobernabilidad, de falta de autoridad, de decadencia social, se cuelan por los agujeros como si fueran un humo. No va a mejorar la situación en las urbanizaciones cerradas si no mejora en el resto del País. No pueden pretender los vecinos de un barrio, por muy cerrado que esté, vivir más seguros, más relajados y más al margen de la violencia que los vecinos del resto de la ciudad. Todos nos merecemos dormir a pierna suelta con la ventana abierta. Pero la sociedad que hemos forjado va por otro lado.

Esto, sin olvidar que algún malo de la película, de esos que ordenan masacres como si ordenaran pizzas, ha llegado a instalarse, por vanidad, por estrategia incluso, en urbanizaciones de copete, cerradas y custodiadas, para que ni la policía lo incordie. Y lo saben los demás vecinos, pero de eso no se habla. Ni de eso, ni de muchas otras cosas que cuesta tanto aceptar.

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