Publicado por:
Mayra Montero
Antes que llegue el lunes
El Nuevo Día, 19 de julio de 2009
El gran peligro aquí no es que un día se diga que los homosexuales son insanos –es decir, dementes-, o que al día siguiente se anuncie que van a modificar la ley para “asegurarse” de que no puedan adoptar niños. O que se insista en que no puedan casarse. O que se les restriegue en la cara que no los ampararán tales o cuales leyes. El gran peligro aquí sinceramente es el conjunto, la sincronía, la actitud con que se enfoca el tema. Se desata peligrosamente la inquina, la fobia hacia la diferencia, un resentimiento que destila mala saliva, como un afán de golpear y torturar. ¡Cuidado! Se está gestando un odio por orientación sexual que es sólo comparable al que se sufre en algunos de los países más retrógrados del planeta.
Antiguamente, no recuerdo yo que en Puerto Rico existiera esa obsesión de vetar para todo a las comunidades gays. A nadie, a ningún político se le ocurría estar sacando el tema cada dos por tres. Eso lo han introducido los fundamentalistas, la derecha religiosa que no parece tener más norte que ése: reprimir, controlar, convertir a los ciudadanos en zombies temerosos, puritanos, con el prejuicio a flor de piel. Y convertirlos, sobre todo, en grandes engañados: no somos mejores ni estamos más cerca de Dios por el hecho de estar odiando y marginando a los que prefieren a las personas de su mismo sexo. Digámoslo claramente: nos come la miseria –intelectual- y padecemos una ola de violencia como no se ha conocido otra: seis asesinatos en tres horas.
Ocho todos los fines de semana. ¿Con qué moral se dirigen a los gays para decirles que no pueden hacer esto o aquello? Un poquito de pudor: el país está moralmente en harapos y no es por las preferencias sexuales de nadie, sino por la corrupción y la hipocresía. Por la ignorancia y el contubernio con gente que no tiene formación, no tiene dos dedos de frente y no sabe ni hablar. Pero de pronto ocupan posiciones claves dentro del Gobierno y se convierten en “consejeros” de los políticos, chantajeándolos cuando se salen del plato.
Estamos a un paso de la persecución. No ha sido más grave, la verdad, porque existen leyes con las que todavía no han podido traquetear; existe internet y nos informamos; y existen aviones en los que uno viaja y se da cuenta de que la gente por ahí escoge libremente cómo vivir su intimidad, con quién duerme o se casa, y no tienen más problemas sociales –al contrario, tienen menos-, no les va ni mejor ni peor que a otras economías, y no los mete el diablo en ninguna caldera. En la televisión europea es tan normal referirse a la esposa o esposo de una persona del mismo sexo. Nadie se escandaliza, ni nadie chilla con esos aires de inquisidor, que da vergüenza que a estas alturas se expresen como mentecatos.
Si hay una agenda contra los homosexuales, una “hoja de ruta” para arrinconarlos y atemorizarlos, yo no lo sé. Pero todo lo que están haciendo tiene cara de eso. No se mueve una hoja en el País sin que alguien salga, un legislador, a decir que los homosexuales no, y que para ellos nada. Poco faltó para que les prohibieran participar de los tres días sin IVU. Parece broma, pero a esos niveles hemos llegado ya.
Y no podemos permitirlo. Sea cual sea nuestra orientación sexual, hay que hacer algo, ponernos todos unas camisetas que digan “Yo también soy gay” o “Yo también soy lesbiana”. En España, en los años setenta, una mujer fue acusada por adulterio. En aquel momento, hubo una reacción genial. Se fabricaron camisetas y calcomanías que llevaban el lema: “Yo también soy adúltera”. Se iniciaba así la estrategia de la autoinculpación como método de lucha. Varias décadas más tarde, en la Universidad de Emory, en Atlanta, una profesora todavía conservaba sobre su escritorio la muñequita que representaba una mujer mayor, como una aldeana, portando el cartelón de batalla: “Eu tamén son adúltera”. Me lo regaló al final del curso, aún lo conservo.
No es ninguna gracia, ni motivo de orgullo para ningún país, que los políticos se ensañen con un sector de la población, esgrimiendo esos rancios conceptos que en el fondo encierran un decidido afán por intimidarnos: hoy es con ellos; mañana, prepárense ustedes.
Aquí el que más o el que menos tiene un hijo, un hermano, una sobrina, alguien a quien quiere, que está siendo humillado por estos sujetos llenos de codicia e inseguridad. Los que tienen hijos pequeños, nietos pequeños, ¿qué clase de vida desean en el futuro para uno de esos niños en caso de que al crecer prefiera un compañero de su mismo sexo? ¿Van a permitir que se sigan aprobando medidas que los harán sentirse infelices, enfermos, privados de sus derechos? Por ellos y por todos tenemos que ponernos esas camisetas. Yo me la pongo en este mismo escrito:
¡También soy lesbiana!
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