"Trabajo" por Mayra Montero

24-Febrero-2008 Por Mayra Montero
Antes que llegue el lunes
Trabajo

Los economistas del país, de todas las tendencias y colores, coinciden en un punto: hay que desalentar el ocio y poner a trabajar a esa masa de gente sin estímulo ni norte que pulula en el país y que contribuye a hundirlo. Existe aquí la tasa más alta del mundo en inactividad laboral entre hombres jóvenes, entre los veintipico y los cuarenta años, que apena muchísimo decirlo. A pesar de que la situación es difícil, con el cierre de fábricas y otras fuentes de empleo, uno esperaría que estuvieran en la calle buscando algo que hacer, quejándose de que no encuentran nada. Pero al contrario, ni buscan ni se quejan. Se acomodan en ese limbo de vagancia protegida, y en los últimos años, además, se ha extendido como la noción de que eso es lo normal, ese estado de mantenido o mantenida indolente, satisfecho de su propia panza y dispuesto a seguir exigiendo bienes gratuitos.

Muchos de ellos quizá no lo saben, pero la verdad es que no deben quererse mucho. Alguien que, pudiendo ganarse lo que se come, prefiere vivir de lo que le regalan, es una bomba de tiempo en cualquier liga. Son personas inútiles, que carecen de los mecanismos y los recursos para pensar antes de actuar, para planificar las cosas y mirar más allá de sus narices. Porque la disciplina laboral lo que da precisamente es eso: unas herramientas para que el ciudadano se desenvuelva correctamente en sociedad y se organice mejor en el ámbito privado.

Entonces todas esas campañas de “valores”, esas consignas para que la gente no maltrate al prójimo o no se suicide, deberían comenzar por donde debe comenzarse todo: la necesidad de que se dignifiquen a través del trabajo. Por supuesto que puede darse el caso de que alguien muy trabajador sea capaz de maltratar al prójimo o suicidarse. Pero esa sensación colectiva de que somos útiles, de que se está luchando, contribuye a erradicar las conductas antisociales. Un tipo que es un vago no sólo representa una carga para los que sí trabajan, sino que encima es un tipo que, por ejemplo, no sabe votar. Su esquema mental, desde el ocio, no le permite tomar una buena decisión. Y muchos vagos juntos, votando juntos, eligen un mal gobierno.

Hace unos días, en la fila del supermercado, una pareja esperaba delante de mí para pagar su compra. Él era fornido, muy decorado con relojes, anillos y cadenas, no el abalorio del tipo reguetón, sino algo diferente. Ella iba despechugada y con la panza al aire, ambos en la treintena. Por su acento, me pareció que el hombre era inmigrante, pero ella no. Se manoseaban sin ningún recato, cosa que ni me va ni me viene. Sólo que a la hora de pagar, al ella sacar la Tarjeta de la Familia, sentí que esos dos eran una gran estafa.

La mujer pasó un buen rato intentando marcar su número secreto, pero se lo impedían las escandalosas uñas de acrílico con florecitas y mariposas. Su compañero, que esperaba con los brazos cruzados, con ese gesto de cínica indolencia, le dijo que tal vez estaba marcando la clave equivocada, la de otra tarjeta. Se reían del chiste, se comportaban con toda calma, porque esa es otra: no tienen ninguna prisa ni ninguna consideración por sus semejantes. Ese sentido de moverse rápido, de funcionar en colectivo, es algo que brilla por su ausencia en ellos, porque eso lo da la rutina laboral. Por fin, después de múltiples intentos, la mujer dio con el número. Yo la observaba y pensaba que un chimpancé (sin uñas acrílicas) hubiera acertado mucho antes con la clave. Todos en la fila estábamos desesperados, padeciendo el espectáculo de aquellos dos buenos para nada a los que un ente, un país, unos contribuyentes, les pagan las chuletas que devoran. Cuando se fueron, la cajera hizo un gesto de alivio y me salió del alma decirle lo siguiente: “¿Tú crees que hay una sola razón para que ninguno de los dos trabaje, como lo estás haciendo tú, como lo hago yo y como lo hace este señor?”. El señor en cuestión, detrás de mí en la fila, era un obrero de la construcción, con las manos curtidas y sucias, comprando algo para almorzar con los centavos que se había ganado. Movía la cabeza igualmente perplejo.

Entonces pensé que lo peor de todo es que ese par que a la salida del supermercado abordaron su automóvil, que era una guagua espléndida, no sintieron vergüenza de que los demás hayamos visto que comen de la caridad del Gobierno, ni siquiera este gobierno, sino el del Norte. Y no sienten vergüenza porque no se les ha dicho que eso no sirve, que no es lógico ni sano. No reciben de primera mano el rechazo público por lo que hacen. Al contrario, el discurso político los persuade de otra cosa: de que hacen bien en recibir los beneficios (aunque estén aptos para trabajar), y restregarles su “suerte” a los demás mortales que tenemos que doblar el lomo. Ese es el punto moral que arruina la convivencia y causa la degradación social. No es otro.

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