"Ciudad" por Mayra Montero

17-Febrero-2008 Por Mayra Montero
Antes que llegue el lunes
Ciudad


La Organización Mundial de la Salud estima que cada año un millón de personas se suicida alrededor del mundo. Algo así como si cada doce meses hubiese una pequeña guerra nuclear. Aunque en algunos países, como Grecia, la tasa de suicidios es bajita (ya dirán que es la dieta mediterránea), en lugares como Lituania la cifra alcanza la friolera de 70 casos por cada cien mil habitantes, no sé si superando a los húngaros, que por mucho tiempo ocuparon el primer lugar.

El suicidio entre niños y adolescentes se ha disparado en los últimos tiempos. La mayor parte de esos menores que se quitan la vida han crecido en países desarrollados, y ya algunos especialistas culpan a la impulsividad y la violencia de las sociedades avanzadas, lo cual debe ser cierto. Pero supongo que hay otros factores. Dice el estudio que los niños de hoy son “menos felices” que los de antes, o necesitan de más ayuda para superar sus conflictos mentales. Sin embargo, creo que antes también éramos “menos felices”, aunque no nos atreviéramos a decirlo. Tampoco nadie nos preguntaba. Nuestra felicidad o infelicidad estaba fuera de toda discusión, y supongo que había niños deprimidos y niños suicidas, pero la mayoría nos las arreglábamos para salir del hoyo sin que nadie nos hiciera caso.

Con el tiempo crecíamos y una vez nos convertíamos en adultos, no nos sorprendía que nuestros problemas y quebrantos no le importaran al mundo exterior. Ya teníamos la piel curtida. Hoy, en cambio, los niños sobreprotegidos y superescuchados salen del cascarón un poco como salió Buda: a un mundo doloroso y competitivo que ni siquiera imaginaron, donde nadie los quiere ni los anda cuidando de traumas o sinsabores. Me parece que entonces se sienten engañados.

Buda se refugió en el ayuno y en la meditación profunda. Hoy nadie medita, y del ayuno mejor que ni hablemos: a los niños los atiborran con “juguitos”, hay una verdadera obsesión maternal por los “juguitos”, y les compran pizzas maratónicas para que mastiquen con la vista clavada en el televisor. No tienen grandes ilusiones. Nadie les pide que usen la imaginación. Apenas les permiten luchar por algo, conquistar nada por sí mismos. Así la vida es un aburrimiento.

Yo veo a esas criaturas como zombis, metidas en el carro, o acompañando a los padres en cualquier gestión, entregados al teclado de una maquinita, cualquiera de esas, no las conozco, pero el caso es que ponen todo su mundo allí, en un estúpido juego que no les deja alternativas, ni un resquicio para fabular.

Un niño que decide acabar con su vida es posiblemente un niño que agotó las posibilidades de imaginar una vida distinta. La literatura y el cine están llenos de historias de pequeños desesperados que se refugiaron en la fantasía, se inventaron amigos invisibles y mundos fantásticos, y sobre todo un futuro. Con la posibilidad de ese futuro, continuaron viviendo. Seguramente hay seres humanos que al nacer traen consigo factores, neurobiológicos o como quieran llamarles, que los hacen más vulnerables, más propensos a que con el estrés, estallen. Pero de eso a lo que estamos viendo va un trecho, y es un trecho casi inexplicable: en el año 2002 se recetaron antidepresivos a once millones de niños y adolescentes en Estados Unidos.

No sé cuáles son esos números aquí en Puerto Rico; probablemente hay niños que por una condición u otra tienen que ser medicados día y noche, pero se supone que sean casos aislados. Lo otro, la medicación en masa, es un horror. ¿Cuánto afecta el engullir pastillas a esos cerebros en plena formación?

Volviendo a las altas tasas de suicidio, hay quienes ya formulan recomendaciones contra los riesgos de “contagio”. Una profesora de la Universidad de California, especialista en este tema, pedía a los periodistas que cuando vayan a escribir sobre un suicidio “eviten ofrecer datos escabrosos... e indiquen que la víctima padecía una enfermedad mental”. En otras palabras, que cuiden sus escritos de modo que no se dé la impresión de que la persona se ha quitado la vida en un gesto heroico o romántico. Aquí últimamente hemos tenido algo de eso: la frívola utilización del suicida como carnaza farandulera.

El resto brilla en internet: convocatorias a suicidios colectivos, y páginas y páginas donde se les enseña a los navegantes (menores incluidos) cuál es la forma idónea de pasar a mejor vida, suponiendo que hubiera una mejor. Comoquiera, espanta ese millón mundial. Juntos, podrían hacer una ciudad. Da grima imaginarlos: de todos los tamaños y todos los colores. Una ciudad en verdad. Casi un país.

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