"Arsénico" por Mayra Montero

02-Diciembre-2007 Por Mayra Montero
Antes que llegue el lunes
Arsénico


Lamento decepcionar a los que piensan que escribiré sobre el concurso de belleza. No lo haré porque no tengo nada que decir: ganó la que tenía que ganar, la más lista. Ella se apuntó, pagó el dinero que pagan todas por participar, invirtió sus ahorros en trajes y zarandajas, y, tal como le habían anunciado, resultó coronada. Las demás participaron a sabiendas de que las iban a eliminar. ¿En qué idioma había que decírselo? Se les advirtió hasta la saciedad en programas de televisión y hasta en los periódicos, que ya es escarnio desperdiciar papel en eso. Pero ninguna hizo caso. Todas aceptaron desfilar porque son sufridoras y amantes del martirio. Pues que se fastidien, qué le vamos a hacer, que vuelvan el año que viene. A lo mejor hay suerte.

Por otro lado, no voy a criticar el concurso porque justo ahora empieza a ponerse interesante. Y es que ya no son buenas, ni agradecen a papito dios, ni quieren parecerse a la Madre Teresa. Ha trascendido que envenenan los trajes y los maquillajes de las rivales, una especie de extravagancia renacentista... Estamos a un paso del arsénico, no digo más.

Con estos bellísimos ejemplos, no debe sorprendernos que los niños, en las escuelas, se agarren a trompadas mientras otro condiscípulo documenta el espectáculo con la camarita de su celular. El Secretario de Educación ha dicho que pasará una circular recordando que el uso de los celulares está prohibido en los planteles, la pena es que va a desperdiciar papel -una vez más-, puesto que los estudiantes no harán ni puñetero caso. Lo de los celulares y los niños es algo que escapa ya a toda sensatez. Los padres justifican el pago del teléfono alegando que así pueden controlar mejor a sus retoños. En realidad, no se atreven a confesar que les han comprado el celular y les pagan la mensualidad por motivos bastante más superficiales, o sea, porque todos los amiguitos lo tienen y el suyo no va a ser un paria, y porque en definitiva no se les priva de ningún capricho. Ni pensar en prohibirles que lleven el celular al colegio, porque supongo que el niño se vira y se les ríe en la cara.

Entonces esos padres escandalizados por el nivel de violencia, de perversidad, de riesgo latente en las batallas campales filmadas con el celular de otro menor, y colgadas en internet para disfrute de la tribu, no pueden culpar a los maestros ni al director de la escuela ni a los conserjes. ¿Quién le permite al chiquillo de once o doce años que se gobierne y cargue con el celular en la mochila? Pues habrá que acostumbrarse a las películas eróticas y a las de vaqueros, con los niños protagonistas que hacen lo que les da la gana.

“¡Qué pasará con esta generación!”, exclamaba el otro día un amigo siquiatra. “Nosotros les teníamos miedo a los padres, a los maestros, a los policías y hasta a los curas. Esta es la primera generación sin superegos”. Yo puedo agregar a esa lista de figuras temidas, por ejemplo, a las monjas, siempre les tuve terror, todavía me encuentro alguna por la calle y le cedo el paso, le sonrío, algo en mi interior se achica pensando en que, si me descuido, llamará a casa para dar la queja. Ese miedo me sobrevive, lo arrastro sin complicaciones. Bueno, la única complicación es que las monjas contemporáneas me miran perplejas, pensando sin duda que soy una babosa.
Ahora casi ningún niño siente el menor escozor por un regaño, por una advertencia, o por una circular, una pobrecita circular que se le ocurre mandar al jefe de Educación. Eso les hace cosquillas. Hay una impunidad absoluta. El niño que filmó a la parejita de la Escuela Libre de Música, y el otro que filmó la bronca, a no dudar recibirán por Christmas teléfonos más exquisitos para que su fulgurante carrera de mirones no se detenga.

Hace un par de meses se publicaba en este diario una nota sobre el bajón en el nivel de los estudiantes, según reflejaban los exámenes del College Board. Se decía que la amplia ventaja que históricamente habían mantenido los alumnos de colegios privados sobre los de la escuela pública se había reducido en los últimos tiempos. El asunto es simple: ambos sistemas bajan en calidad, aunque el sistema público decae a menor ritmo. La culpa no la tienen los celulares, no la tiene internet, ni siquiera la tienen los propios muchachos a los que cada día les cuesta más trabajo determinar cuál es el límite. No se sabe cuándo, ni cómo, ni por qué, los límites se evaporaron. Dos niñas se insultan, se abofetean, gritan palabrotas de lupanar y ruedan por el suelo desgarrándose el uniforme. ¿Sintieron en algún momento vergüenza o temor de que las vieran sus padres, sus maestros, o los policías que cuidan la escuela? Por supuesto que no, ese nivel de contención no entra para nada en sus esquemas morales ni mentales.

Si es que por acabar, han acabado hasta con los terrores nocturnos. ¡Con lo bonito que siempre fue tenerle miedo a la oscuridad!

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