Durante el primer día de clases en una universidad de New Jersey, un profesor de historia le hace la siguiente pregunta capciosa a su grupo: ¿Qué tiene que hacer un puertorriqueño para convertirse en ciudadano norteamericano? El profesor hace esto cada semestre, y cada semestre las contestaciones de los estudiantes son alarmantemente predecibles: “No sé” es la respuesta más común, seguida por “tienen que tomar el examen de ciudadanía”, “primero tienen que aprender inglés y luego tienen que solicitar una visa” y “casarse con un americano”. Entre las respuestas menos populares, vale la pena mencionar: “vivir más de cinco años en el país”, “conseguir un permiso oficial para trabajar”, “ser estudiante de intercambio”, “no tener un récord criminal” y la clásica, “brincar la verja”. Son contestaciones reales. El estudiante que piensa que el puertorriqueño tiene que cruzar la frontera o “brincar la verja” para convertirse en ciudadano norteamericano no está siendo metafórico ni sarcástico. Está siendo honesto.
¿A qué se debe este desconocimiento abismal de la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos? ¿Cómo es posible que en New Jersey, uno de los estados de mayor concentración boricua en Estados Unidos, exista tal inconsciencia? ¿Quién excusa al estudiante (hijo de padres puertorriqueños) que contestó “no sé”? ¿Cómo es posible que en el país más poderoso del mundo haya tantos alumnos totalmente ajenos a los asuntos políticos, geográficos e históricos que les afectan? ¿Será que no les afectan?
Desafortunadamente, el fenómeno de la irreflexión estudiantil no se limita a los Estados Unidos. No olviden que en nuestra querida isla casi todos los habitantes piensan que son blancos. En una clase en San Juan, un estudiante me dijo que sus tres estados favoritos eran Chicago, Miami y Philadelphia, y no me creyó cuando le aclaré que se refería a ciudades en Illinois, Florida y Pennsylvania, no a estados. Debido a extrañas asociaciones circunstanciales, algunos boricuas piensan que Virgilio Dávila y Nemesio Canales fueron o son atorrantes del área metropolitana. Recuerdo que una vez un estudiante me corrigió cuando dije que Manuel A. Pérez fue un gran educador y político. “Profe, no le cambie el sexo a Manuela Pérez”. Lo angustioso no fue su comentario, sino las carcajadas triunfales de muchos de sus compañeros que pensaron que el error lo había cometido yo.
Nuestros estudiantes aquí y allá han sidos sometidos a una deseducación impresionante. Las prioridades cognitivas se han alterado de tal manera que en cualquier salón de clases en Puerto Rico o en Estados Unidos, más de un ochenta por ciento de los estudiantes sabe cómo se llaman los hijos de Britney Spears, pero no quién fue la ganadora del Premio Nobel de Literatura. En casos extremos -me gustaría pensar que son casos extremos- hay estudiantes totalmente orgullosos de haberse graduado de una institución académica sin haber leído ni siquiera un libro entero. Es igualmente impresionante que a pesar de tantos recursos e innovaciones disponibles en la última década, el vocabulario de los estudiantes de 1998 supere al de los estudiantes de 2008. El conocimiento geográfico, político e histórico de los estudiantes actuales carece de vastedad. Esto no significa que cada año el estudiantado se ha ido embruteciendo; sería una lógica reduccionista y errónea. Tampoco sería correcto afirmar que los estudiantes de los noventa eran mejores que los estudiantes de hoy, ya que en gran parte el desempeño del estudiante es un reflejo del maestro y de cuán preparado está para su público actual. Pero las prioridades, los valores y las actitudes de los estudiantes han cambiado considerablemente.
Los estudiantes de la primera década del siglo veintiuno han adoptado, gradual e inequívocamente, una actitud simultáneamente social y antisocial. Viven conectados a distintas máquinas que los conectan a sus seres queridos, pero su constante conexión ha estropeado su comunicación con otros seres humanos y no ha mejorado su comunicación con sus familiares o amistades. Los estudiantes del nuevo milenio aparentan ser muy independientes, pero detrás de su alta estima propia yace una excesiva dependencia de sus padres, una falta de agallas y competitividad, una asombrosa fragilidad emocional. Y aunque gozan de mayor exposición a la diversidad de un mundo que cada vez se achica con la tecnología, curiosamente muestran un desconocimiento mayor que el de sus pares hace diez años. Lo comprueba el experimento que mi colega, el profesor de historia radicado en New Jersey, ha hecho desde que comenzó a enseñar. Según él, las respuestas más disparatadas (a su pregunta sobre la ciudadanía norteamericana de un puertorriqueño) las han dado sus estudiantes más recientes. Hace unos diez o quince años -cuando no había veinticinco computadoras en cada salón, cuando había menos inmigrantes puertorriqueños en su estado, cuando el mundo era más joven y supuestamente menos sabio- los estudiantes demostraban un conocimiento más completo sobre la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos.
Considerando la cantidad y accesibilidad de información sobre un número casi infinito de asuntos globales, ¿cómo puede ser que la conciencia global haya disminuido de una generación a la otra? A menos que sea una broma, que la sofisticación humorística del estudiantado sea tan avanzada que estén tomándole el pelo a mi colega, la explicación reside en una conveniente paradoja: Cuanto más accesibilidad tenemos a lo que existe más allá de nuestro interés inmediato, más nos adentramos en el individualismo. Para el estudiante del nuevo milenio, la creciente exposición a la inmensidad del mundo ha disminuido su sentido de conciencia global, disponiéndolo a asumir una conciencia individualista. Tal vez eso explica por qué la monografía más popular que he asignado en mi carrera docente ha sido una investigación autobiográfica. Jamás había tenido el privilegio de leer ensayos más minuciosos, extensos y apasionados.
Ensayo de opinión tomado de la Revista Domingo del periódico El Nuevo Día, 27 de abril de 2008
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