(ANA LYDIA VEGA - 06/07/2007 06:00:09)
Para sentirnos menos frágiles ante la inclemencia del hombre, nos consolamos pensando que esas cosas sólo les ocurren a quienes viven al margen de la ley y el orden. Echamos el cerrojo y coreamos el falso credo de la seguridad: el que a hierro mata, a hierro muere. Hasta que un conductor bebido atropella a un amigo. Hasta que aquel vecino amable estrangula a su esposa. Hasta que una bala festiva de Año Viejo nos roza la sien.
ANA LYDIA VEGA
ESCRITORA
ESCRITORA
Para sentirnos menos frágiles ante la inclemencia del hombre, nos consolamos pensando que esas cosas sólo les ocurren a quienes viven al margen de la ley y el orden. Echamos el cerrojo y coreamos el falso credo de la seguridad: el que a hierro mata, a hierro muere. Hasta que un conductor bebido atropella a un amigo. Hasta que aquel vecino amable estrangula a su esposa. Hasta que una bala festiva de Año Viejo nos roza la sien.
Pese al alcance democrático del delito, el dedo justiciero de la sociedad señala al ciudadano de extracción sospechosa. La presunción de culpabilidad recae, preferiblemente, sobre caseríos y barriadas. Arropa, con mayor frecuencia, a negros que a blancos. Las víctimas tampoco escapan a la severidad del juicio, sobre todo si no se han atenido a las normas de la conducta aceptable. Andaba por la calle a las tantas de la madrugada. Vestía provocativamente. Frecuentaba gente rara. Choca lo tajante del veredicto general: toda transgresión pide castigo.
A menudo, esas implicaciones contaminan, de entrada, el texto periodístico. Al infortunio del crimen se añade el agravio de la censura. Alusiones a la preferencia sexual, la vestimenta reveladora, el estado civil o las costumbres inusuales de la víctima van conformando la moraleja insidiosa que acompañará su biografía definitiva. La nota roja se convierte así en advertencia aleccionadora.
Los recientes asesinatos de cinco profesionales - tres médicos, un maestro y un profesor universitario - en circunstancias más bien nebulosas han suscitado comentarios y especulaciones. En realidad, ni todos los expertos forenses del mundo podrían decir con precisión lo que sucedió entre ellos y sus verdugos. Los datos aislados sugieren una trama sórdida de sexo y codicia. Sólo cobran forma y sentido dentro del relato que tejen juntos la imaginación y el prejuicio.
En estos casos, como en tantos otros, el criminal tiene la palabra. Testigo presencial de los hechos, se arroga el derecho a la versión única. Minimiza su responsabilidad usurpando el papel de la víctima. Denuncia un atentado contra su hombría. Proclama su rotunda ortodoxia viril. Alega incumplimiento de obligaciones monetarias.
Y todo para legitimar su rabia vengadora.
Aprovechando sus quince minutos de infamia frente a los micrófonos, ventea los detalles de la cita sangrienta. Pone parlamentos en la boca que él mismo selló.
¿Cómo saber si miente? Razones tiene para arrimar la brasa a su sardina. Han quedado al desnudo sus impulsos sin freno, sus carencias veladas, su propia miseria existencial. La otra cara de esa historia está grabada en las pupilas vidriosas del muerto.
La Policía co-escribe y co-produce el libreto para consumo de los medios. Comparte ángulos teóricos. Ofrece pormenores jugosos. Tampoco es parca en materia de opiniones. Con pasmosa indiscreción, un oficial declara creerle al imputado. Es que así operan los gays, apunta cándidamente. Poco le falta para condecorar al asesino.
Con su colección de piezas sueltas, la escena del crimen pretende rellenar los blancos. El allanamiento póstumo de morada exhibirá sin pudor la intimidad del finado. Forzados a revelar el universo doméstico de su dueño, los objetos cantan. Al descubierto quedarán gustos, ritos, fantasmas, obsesiones, todo cuanto se amaba, se soñaba, se callaba.
El asesinado no cuenta con abogados defensores. Nadie hablará por él. Nadie leerá su laudo. Vecinos bienpensantes rezarán por la salvación de su alma. Parientes abrumados se dedicarán a borrar los malos recuerdos. Amigos y colegas se impondrán un mutismo luctuoso. Ante la unanimidad del recelo, no será fácil mostrarse solidario.
Nadie entiende a cabalidad el fondo secreto de la mente. Nada autoriza nunca la profanación de la dignidad humana. En la guerra civil no declarada que asola al país, más vale que el caído haya sido un ciudadano sin tacha. Y aun así, cualquier desliz de última hora podría comprometer su epitafio.
Entonces, desde la soledad absoluta de la tumba, tendrá que protestar, perforar el silencio espeso del olvido para gritarle al jurado de los vivos: ¡Muerto, señores, sí, pero decente!
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