"Fogosa y sensual tierra mía" por Luis Rafael Sánchez

Fogosa y sensual tierra mía
Luis Rafael Sánchez
Escritor
15-agosto-2007


La publicidad a que recurren los grandes supermercados de aquí, a la hora de anunciar las frutas y las hortalizas en venta, suscita dos impresiones relampagueantes y de signo opuesto. Ambas se particularizan durante los últimos años del siglo veinte y primeros del siglo veintiuno. Ambas se han vuelto materia de opinión de los consumidores, procedentes de capas económicas distintas y distintos pensamientos ideológicos. Mortificados con las sucesivas administraciones gubernamentales, tan faltas de liderazgo visionario y tan incumplidoras de las promesas hechas en las campañas eleccionarias, los consumidores aprovechan la oportunidad para despotricar contra todas y cada una. Y contra el sujeto específico a quien tienen por enemigo común y culpable de la hundición del país en el desasosiego. Que no es otro sino el político, en tantas ocasiones despreciado y en tantas ocasiones despreciable.

La primera impresión consiste en que el consumidor acaba de entrar a una exótica huerta donde se expenden solamente productos de ultramar, cuyos precios se trepan a las nubes. Yautía de Ecuador reza el cartel anunciante del tubérculo que entre nosotros llegó a darse con exitosa variedad en los tiempos cuando el que no trabajaba no comía: yautía blanca, yautía amarilla, yautía martinica, yautía aguadillana, yautía rascona. Ñames de Costa Rica reza el cartel anunciante del tubérculo que entre nosotros llegó a darse con variedad prolija en la época cuando enorgullecía vivir del propio sudor: sabanero, morado, cambaleto, habanero, florido. Mangós de Nicaragua, plátanos de la República Dominicana, papas del Perú, guineos maduros y verdes de Honduras, avisan los carteles colocados sobre los víveres que supusieron fuente de nutrición, al alcance de la población boricua. Pues hubo un tramo en la economía puertorriqueña cuando se consideró imprescindible la siembra y la distribución de los frutos menores: la yautía, el ñame y la batata, los mangós, los plátanos y los ajíes dulces y picantes, la habichuela blanca y colorá, las papas, la berenjena, el tomate. En fin, cuanto hoy se importa como producto exótico, por el estilo del caviar, las trufas y la leche de camella. Importar la yautía de Ecuador y los mangos de Nicaragua, los plátanos de la República Dominicana y los ñames de Costa Rica, las papas del Perú y los guineos maduros y verdes de Honduras supone admitir que los puertorriqueños abdicamos a la siembra y protección de cuanto antes nos curó el hambre.

Paradójicamente, Ecuador y Nicaragua, la República Dominicana y Costa Rica, Perú y Honduras son países a los que muchos puertorriqueños, engreídos con el mimo colonial, tachan de retrógrados, a más de padecientes de un desarrollo caótico. Es decir, países inmersos en cuanto supone tercermundismo y descalabro: pobreza endémica, analfabetismo, mortandad temprana, dominio de la oligarquía incivil y las cúpulas militares. De repente, los países tachados de retrógrados y padecientes del desarrollo caótico nos asisten en la desvalidez.

La segunda impresión consiste en que la agricultura puertorriqueña actual alcanza el estatus de espejismo. Ello a pesar del presupuesto generoso que manejan la secretaría que la fomenta y las otras agencias relacionadas con la misma. Ello a pesar de que se celebran, de continuo, festivales alusivos al cosecho abundante de ciertas verduras y frutas, entre otros el Festival de la Pana, el Festival de la China y el Festival del Macabeo, esa fritura prima hermana de la alcapurria, pero diferenciada por los ingredientes de la masa.

Bien visto, más allá de las susodichas impresiones relampagueantes discurre una verdad terrible. Y es la verdad que Puerto Rico nunca ha sido “la mansión de todo bien” que celebraron Virgilio Dávila y Braulio Dueño Colón en su canción postal “La tierruca” y sí una isla de agricultura entre precaria, improductiva y nula. ¡Si ahora, para mayor deshonor colectivo, no hay manos que recojan el café, corten la caña y rocíen la tala de lechuga!

Desgraciadamente, dichas precariedad, improductividad y nulidad, hoy meridianas, le han creado una nueva dependencia al país, acaso la más funesta de cuantas dependencias narran la encerrona histórica que padecemos y a la cual no le hallan salida los independentistas, los autonomistas y los anexionistas, a pesar de sus respectivas proclamas vociferantes: Puerto Rico depende de las importaciones más absurdas y disparatadas para intentar resolver sus necesidades primarias. Al paso desordenado que va “la fogosa y sensual tierra mía”, como piropea a su isla natal el gran Palés, terminará importando el agua de beber, el aire de respirar y hasta el azul del cielo.
Publicado originalmente en el periódico El Nuevo Día

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